• Beth Rosell

Generosidad: equilibrio puro

Cuando vayas a abrir el regalo del otro, no te olvides de mirarlo a los ojos y devolver su generosidad con una sincera sonrisa y un simple “gracias”. No hace falta nada más. Ni nada menos.


Pero la generosidad en equilibrio puro empieza en ti. Empieza por darte tiempo, cuidarte, quererte. Si buscas que otros te den lo que tú no te das, te estás equivocando de dirección. Estás poniendo el foco de tu felicidad fuera de ti, en lo que los otros te dan y te estás convirtiendo en un mendigo emocional.


Así que en lugar de dar para recibir, empieza a darte para recibirte. Porque para ser generoso con los otros, primero tienes ser generoso contigo mismo.


Así que entra en deuda contigo y devuélvete lo que no te has dado: cuídate, mímate, disfruta de tu tiempo; regálate aquello que te gusta: un paseo, una lectura, una película, un restaurante, una experiencia, una canción… Disfruta de tu propia compañía sin necesitar de la nadie más.


Y deja por una vez de pensar en los otros y busca tu propio bienestar. Solo a partir de ahí, desde tu abundancia, podrás luego dar a los otros. Y solo desde tu escasez, buscando que los otros te den lo que tú no te das, obtendrás vacío y soledad.


Y esto mismo podemos trasladarlo al ámbito familiar. La generosidad genera confianza. Aquellos progenitores que son generosos con sus hijos son aquellos que pasan tiempo con ellos, que los escuchan, que se escuchan, que los aceptan, que se aceptan y que admiten que ellos, los padres, también pueden aprender de los hijos. Son los que comprenden que para tenerlos hay que dejarlos. Cuanto más espacio, menor distancia.


Con los hermanos, la relación es generosa cuando se comparten y no compiten; cuando el mayor no sabe más que el pequeño, el menor no es más gracioso que el mayor y hay un espacio para el mediano… En el equilibrio de todos los miembros del sistema familiar radica la magia de la generosidad. No obstante, en ocasiones la generosidad provoca disfunciones en nuestra relación con uno mismo y con los otros. Veamos algunos casos.

1. Soy generoso contigo, pero no necesito que lo seas tú conmigo. Si eres una persona que siempre “da”, pero que no “se da”, seguramente eres del tipo de persona que siempre ofreces y te ofreces, siempre cuidas, siempre ayudas, pero no aceptas que sea el otro quien lo haga contigo: te cuesta aceptar una invitación y te cuesta que te ayuden.


Si te estás reconociendo, piensa que tu manera de actuar solo genera deuda emocional en el otro, y, conscientemente o no, estás desequilibrando tus relaciones sociales y las estás conduciendo a su deterioro.

2. Yo lo doy todo a cambio de nada. Hay personas que cuando las conoces piensas qué maravilla de persona, siempre atenta, siempre dispuesta… Aparentemente aquí no es necesario el equilibrio de la generosidad…


¿Te reconoces? Tú puedes ser una de ellas, de aquellas personas que dan porque quieren dar. Tú no buscas nada a cambio… O al menos, eso crees. Pero ten cuidado. Actuar de esta manera puede esconder una carencia íntima: pregúntate si ofreces amistad por sentirte faltada de amistad; si das amor porque necesitas amor…


Tu drama íntimo no es dar, sino no recibir lo dado a tus amigos o de tu pareja. Y es así como sientes tu relación: descompensada. Puede ser, quizás, porque ante tanta generosidad no buscada, tu pareja o tus amistades se sienten tan abrumados que te evitan. Puede ser, realmente, que tú estás apostando mucho más que el otro por vuestra relación. Sea como sea, tu generosidad te está produciendo el efecto contrario al deseado: sufrimiento. Y esto no se mantiene largo plazo. 3. Ojo por ojo y diente por diente. No todo acto generoso es, en sí mismo, positivo. También la generosidad puede basarse en un equilibrio inarmónico. Cuando alguien nos hace daño, nuestra deuda es devolverle lo recibido: me has hecho daño, te devuelvo daño... y así recíprocamente. La relación se convierte, entonces, en una escalada conflictiva que solo termina cuando una de las dos partes decide pararla para terminar con la relación, o bien, en el mejor de los casos, para repararla.

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